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Con ese
diminutivo cariñoso lo conocieron sus paisanos oscenses y,
sobre todo, los del Barrio de Santo Domingo y San Martín,
donde asumió su condición de libertador. De
él
se conocen pocas cosas, apenas figura en algunos vetustos documentos,
quedando en su casa natal una sobrina nieta; Nació en la
Plaza de Santo Domingo que llevaría su nombre en los
esperanzadores días de la II República.
Cuando el
taimado general Anglés decidió que no iba a
cumplir lo
pactado en el castillo de Siétamo, Manolín,
recién
nombrado general por el pueblo aspaventado y con apenas 30
años,
supo que se acababan sus cabalgadas en pos de la Democracia
–la de
todos, y decidió escribir unas notas
autobiográficas
que hoy resultan de difícil interpretación por su
excesiva parquedad. Cuando iba a encontrarse con la última
bala que silbaría ante él, entregó
aquél
papel a un cofrade de la Hermandad de la Sangre de Cristo, hombres
llamados a dar consuelo y sepultura.
Allí
narró su incorporación a los lanceros por el
año
1836, de los que desertó, las batallas en las que unas veces
fue detrás y otras delante del enemigo, en estas
últimas
con los oficiales ya huidos. Prisiones, heridas, exilios forzados.
Doce años de luchas contra la injusticia, el orden divino de
las jerarquías ociosas e inútiles que
sustraían
las riquezas del trabajo ajeno. Siempre en pro de la
revolución,
del cambio social y de la igualdad.
Tampoco
sabemos como llegó a conocer a Ugarte, jefe
político de
Huesca en 1840, prístino demócrata que
fundó una
tertulia republicana pionera en España. Ambos quedaron
conjurados para liberar estas tierras de la monarquía
perniciosa y para ello, no dudaron en tomar el dinero del conspirador
banquero José de Salamanca. Este sabía que no
triunfarían pero su inversión
produciría
desorden y debilitamiento estatal, justo lo que necesitaba para
allanar su ambición de volver a gobernar.
Si
desconocemos el momento del encuentro, conjeturamos , al menos, el
funesto desencuentro. Ugarte había conseguido las armas,
espías y contrabandistas para preparar una importante
partida,
eligiendo los valles de Echo y Ansó como cabeza de puente en
la Península. Abad andaba por las tierras de Ayerbe con
voluntarios de Cinco Villas y del Alto Aragón, iban
recogiendo
pertrechos y hombres que quisieran sumarse a la columna de la
Libertad. Reclamado por sus correligionarios, subió hacia
los
valles ya liberados, pero el general Anglés había
maniobrado, los gubernamentales copaban los caminos necesarios y en
la pardina Cercito, Abad y los suyos dieron media vuelta.
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Pardina de Cercito |
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A Manolín
le quedaba la baza de Huesca que, el corrupto jefe militar,
había
desguarnecido en su intento por evitar la fusión de las
columnas revolucionarias. Dentro quedaban los recién
llegados
guardias civiles, carabineros y poco más. Autoridades y
fuerzas se acantonaron en el convento de Santa Clara. Los
demócratas
tomaron posiciones en San Jorge, Salas y Las Mártires. Las
puertas de San Martín, su barrio, caían en mil
pedazos
dando entrada a los libertadores. Pero el recibimiento no fue el
esperado, apenas 200 personas se sumaron. Rindió la ciudad y
se avitualló, amenazando con el fusilamiento inmediato a
quien
no prestara ayuda a la causa solidaria.
Cuando
Anglés avistó Huesca, Manolín era ya
un
perdedor, todos lo sabían y nadie quiso apostar por
él
ni por sus ideas tildadas ahora de afrancesadas. Anglés lo
asendereó hasta el castillo de Siétamo donde la
Libertad creyó hacerse fuerte. Poco le importaban al
corrompido militar del gobierno, las capitulaciones que le
presentaron los sitiados, dejó que una mano firmara mientras
la otra acariciaba el pistolón.
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Siétamo |
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Acababa
otro octubre de esperanzas para los parias aragoneses. La
monarquía
exigía escarmiento ejemplar rápido: Manuel Abad y
sus
cinco oficiales eran fusilados el 5 de noviembre en las eras de
Cáscaro, actual aparcamiento de la Calle
Desengaño. No
fue bastante: debían morir otros seis, sumarlos a los ya
fusilados en Echo y en Ansó. Un macabro sorteo, celebrado
frente a la casa del ya difunto Abad, determinó el destino
de
ese número de hombres que creyeron alcanzar la dignidad por
la
fuerza de las armas, la misma fuerza que los desposeía desde
miles de años atrás.
Similares
escenas de hombres en pos de libertad -con otros tras ellos para
arrebatarles ese sueño maldito, de miedo conciudadano, de
rendiciones al alborear un día otoñal y de
cuerpos
baleados mientras generales acarician sus bigotes bajo un
monárquico
retrato, se repitieron 82 años después, en
escenarios
tan cercanos que el calco de la Historia apenas se corrió
unos
metros a la derecha para que Galán y García
Hernández
volvieran a delirar en mortal pesadilla.
Ahora, en
ese sempiterno escenario, otros hombres pretendemos recoger el
testigo, sin más armas ya que la voz o la escritura, sin
más
pretensión que la Solidaridad, encuadrados en
Círculos
Republicanos que buscan soñar la Libertad.
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Mártires |
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