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Un bosque de esqueletos en el fondo del mar
Escrito por José Luis Trasobares   
domingo, 26 de abril de 2015
ImageUn bosque de esqueletos en el fondo del mar José Luis Trasobares 25/04/2015
En el oscuro fondo del Mediterráneo, a la altura del estrecho de Gibraltar o del Canal de Sicilia, crece un bosque de esqueletos. Las rotundas osamentas de los africanos varones se mezclan con las más frágiles de las mujeres ahogadas y tampoco faltan los niños, arbustos de marfil pulidos ahora por las aguas. Y ya ni siquiera África tiene la exclusiva en el terrible cultivo submarino: Asia también pone sus simientes llegadas del atormentado Oriente Medio o del lejano Indostán. Los jefes de la UE le dan vuelta a la situación (la matanza, el crimen), que refleja su incapacidad para resolver los problemas actuales. La opinión pública europea se estremece por un momento antes de volver a ocuparse de sus particulares asuntos. Los bienintencionados protestan y lamentan la aparente indiferencia colectiva ante el sistemático genocidio marino. Los cínicos se limitan a culpar de todo a las mafias de la emigración ilegal, confundiendo el efecto con la causa. Los miserables y los estúpidos aplauden la propuesta de utilizar drones para bombardear las futuras pateras en sus puertos de origen.

Lo más escalofriante, vistas las cosas con una mínima perspectiva, es que ni las autoridades ni muchos analistas estén siendo capaces de reflexionar en serio sobre la forma en que Occidente ha impulsado esa huida hacia nuestros países y ciudades, donde se supone que habita la riqueza. Que Libia, por ejemplo, se haya convertido en la base de partida de los barcos cuyo pasaje acaba incrementando el maldito bosque submarino no es casualidad. ¿Qué pueden decirnos al respecto los dirigentes y analistas que organizaron y jalearon la desestabilización de dicho país? ¿No tienen nada que explicar ante el hecho de que la dictadura de Gadafi haya sido sustituida por el fracaso del Estado, la guerra entre facciones, el yihadismo y la catástrofe? Por no hablar de Siria e Irak. O de las guerras africanas, azuzadas desde el exterior (en la zona no hay una sola fábrica de armas o municiones) por los civilizados traficantes de diamantes, de petróleo, de coltán, de madera... El bosque de esqueletos es, en gran medida, obra nuestra.
Ultima actualizacion ( domingo, 26 de abril de 2015 )
Sobre las naderías del rey
Escrito por Luis García Montero   
viernes, 26 de diciembre de 2014
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Sobre las naderías del rey

El hechizado es uno de los cuentos más famosos de Francisco Ayala. Recogido en Los usurpadores (1949), cuenta la historia del Indio González Lobo. Llegó a España en 1679, después de cruzar el mar en uno de los galeones que se cargaron de oro americano para celebrar las bodas de Carlos II. Después de muchas idas y vueltas, gestiones, recados, visitas, informes y súplicas, consiguió entrar en la cámara del rey gracias a un azar y a la ayuda de la enana doña Antoñita Núñez. Sentado en el trono, en el centro del imperio, en el corazón del poder, vio sólo a un infeliz babeante y desvalido que jugaba con un curioso monito.

El simbolismo oficial del poder encubre en su interior un hueco casi siempre triste y oxidado. Los verdaderos poderes no están sentados nunca ni en los sillones de un parlamento, ni en el trono de un palacio. Los usurpadores se valen de máscaras simbólicas y sometidas para excluir a las personas de los ámbitos de decisión. La democracia, que nació para acabar con esta farsa, ha caído también en la degradación de un simbolismo no participativo. Me acuerdo del cuento de Ayala siempre que veo anunciado el discurso del rey en Navidad. Se crea gran expectación, se hacen comentarios, profecías, se debate sobre el sentido de sus posibles palabras, sus alusiones, sus silencios… Se trata de una disciplinada manera de adornar y resaltar aquello que por necesidad está hueco. Más que en ninguna otra situación, cobran importancia los modos, el decorado, las estrategias comunicativas: porque el verdadero significado es el hueco del poder que vemos, nuestra propia exclusión.

Este año se jugaba, además, con el morbo de que era el primer discurso navideño de Felipe VI. ¿Es VI, verdad? Tampoco tiene mucha importancia. ¿Pero qué va a decir este pobre rey de todos los españoles? Sólo que tanto él como nosotros no tenemos nada que decir. ¿Qué medidas puede tomar contra la crisis o la corrupción? Ninguna… En nuestro caso, somos víctimas del invierno democrático que procura de forma maquillada excluir a los ciudadanos a la hora de tomar decisiones. En el caso del rey, se escenifica el oficio de estar en el centro del teatro a costa de no pintar nada. Dejando a un lado los problemas económicos que sufre la mayoría de población (algo que no afecta a la Familia Real, sino a las familias reales), el oficio de rey, su nada, es la mejor metáfora de la ciudadanía en el mundo de hoy.

Los intérpretes de palacio esperaban que, en sus minutos de gloria, Felipe VI hiciera hincapié en tres cosas: la imputación de su hermana Cristina, la crisis económica y la cuestión catalana. Pero el rey, consciente de su papel, imprimió sobre todo un desenvuelto tono autoreferencial, se constituyó antes que nada en símbolo de los españoles de hoy, encarnó la falsa alternativa de un país que puede regenerarse sin cambiar de verdad. Una generación nueva ocupa el lugar dejado por la vieja y mantiene el mismo discurso. Yo soy el nuevo espíritu de España, vino a decirnos. Y para convertirse en símbolo se quedó hueco por dentro y asumió el oficio de decir naderías sobre la corrupción, la crisis y la cuestión catalana.

1.- Estaban equivocados los que esperaban una alusión a su hermana. Que un rey diga que todos los ciudadanos son iguales ante la ley es algo muy ridículo. Su padre don Juan Carlos lo dijo sin creérselo, ya que había movido muchos hilos para ocultar el escándalo y luego presionó para que la justicia cerrara los ojos. Pero, aunque se lo hubiese creído, es ridículo que hable de igualdad alguien que se considera por nacimiento con derecho a ser Jefe de Estado.

Y lo de la renuncia de doña Cristina a los derechos es también una broma. Uno no es rey por sus méritos o por su honradez. Los usurpadores pueden jugar con la línea sucesoria según le interese a su mascarada. Pero, en realidad, cometer un delito no afecta a la sangre ni al nacimiento. Está mal eso de negar a una hermana. La dimisión sólo es digna cuando hay votos por medio, cuando uno debe su cargo a la opinión pública.

2.- Recordar en un momento entrañable que hay muchas familias que lo pasan mal y evitar los discursos triunfalistas del Gobierno ante la crisis es un acto de pura desfachatez. ¡Claro, así se puede! Sin responsabilidad ninguna y viendo los toros desde la barrera, las bondades del monarca sólo sirven para reforzar el descrédito de la política: los políticos son malos, yo no. Las opiniones del rey se parecen mucho a los comentarios de barra del bar emitidos por gente que luego se abstiene, o no se moja, o no asume responsabilidades, o no participa en la paralización de un desahucio o en una marea en defensa de los servicios públicos.

3.- Hablar de que la unión hace la fuerza y de que juntos podemos solucionar todos los problemas es una interpretación muy barata de la cuestión catalana, de columnista de quinta categoría que no quiere abordar el asunto que se discute.

Lo peor de todo es que el rey no puede decir otra cosa. Hacer algo distinto es salirse de su papel. Sólo queda bien diciendo naderías. La pregunta cae ahora de parte de los ciudadanos: ¿pueden ellos, que no son reyes, salirse del papel que le han asignado las élites? ¿Pueden opinar de la corrupción, la crisis y la organización territorial de una manera distinta a la fijada por el discurso oficial? Se trata de romper una burbuja y de tomar conciencia de que nuestro trabajo no es ser inútiles. No somos Felipe VI. ¿Es VI, verdad?

por Luis García Montero Publicado: 25.12.2014
en Público
Ultima actualizacion ( viernes, 26 de diciembre de 2014 )
Historia, memoria y educación
Escrito por Julián Casanova   
domingo, 14 de diciembre de 2014
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Historia, memoria y educación


Ayer, en Huesca, ante varios cientos de personas que llenaron la sala y los pasillos del salón de actos de la Diputación, recordé la historia de la eliminación del contrario, sin ley, en una ciudad que tenía en 1936 apenas 16.000 habitantes, aprobada por las gentes de orden, con la bendición de la Iglesia católica, que se llevó a la tumba a más de 500 personas de las clases medias, trabajadoras, intelectuales, republicanos, socialistas y anarquistas.

Los asesinos ocultaron los cuerpos porque eso aseguraba su impunidad, borraba las pruebas del crimen. Había existido violencia política en España, de signo muy diferente, pero no había antecedentes de esa práctica de hacer desaparecer que inauguró el golpe de Estado de julio de 1936.

Como la dictadura que siguió fue larga, casi cuarenta años, revelar ese pasado brutal costó mucho en la transición y en los primeros años de la democracia. Y hablé de cómo algunos historiadores abordamos ese proceso de información, verdad, de enfrentamiento al silencia y a la falsificación de los hechos.

Las memorias necesitan lugares físicos que evoquen el pasado y las familias de las víctimas tienen que saber el paradero de esos asesinados y enterrados en lugares desconocidos. Pero el historiador no puede hacer una recuperación ideológica del pasado, que es lo que nos piden y hacen en ocasiones las memorias de grupos, partidos o asociaciones. Más que crear tribunales para juzgar la historia, lo que queremos algunos es que el conocimiento forme parte, libremente de la sociedad. Y que la tensión entre el "derecho a olvidar" y el "derecho a conocer" no desemboque en el bloqueo sistemático -con claros apoyos miediáticos, políticos y judiciales- a ese intento de conocimiento, recuerdo e investigación sobre el pasado.

Esos y otros argumentos desarrollé ayer en la conferencia y en las numerosos preguntas que me plantearon los asistentes. Y repetí una vez más la receta en la que creo para combatir el silencio y la indiferencia hacia aquellas prácticas de terror organizado: gestión pública de las memorias, archivos, museos y educación.

Tomado del blog de Julián Casanova el 14 de Diciembre de 2014

Ultima actualizacion ( domingo, 14 de diciembre de 2014 )
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